El barrón, con hojas largas y resistentes, captura arena en sus nudos y levanta pequeñas crestas que el viento sigue alimentando. Sus raíces profundas estabilizan sustratos pobres y, aunque parezca frágil, soporta salpicaduras salinas y sequía intensa. Sin su arquitectura paciente, el sistema dunar colapsaría tras cada temporal.
La azucena de mar florece en pleno final de verano, cuando el resto se rinde al calor. Sus trompetas blancas perfuman atardeceres y anuncian resiliencia. Es tentador acercarse demasiado para fotografiarla, pero la mejor imagen se logra sin pisar arena suelta, usando teleobjetivo y respetando su entorno inmediato.
Sabinas y enebros costeros, con porte bajo y madera aromática, resisten vientos cargados de sal generando refugios para aves y reptiles. Su sombra irregular crea microclimas valiosos. Son lentos en crecer, rápidos en sufrir. Mantener distancias, no cortar ramas y evitar hogueras cercanas es proteger siglos de adaptación silenciosa.